7. El Ártico–Polo Norte: Caminar Sobre las Aguas

El Polo Norte no está en ningún país, en ningún continente, sino en el Océano Glacial Ártico. Tanto el punto de latitud 90ºN como los casi 800 kilómetros que llevan a él desde Canadá, están cubiertos por cuatro mil metros de agua salada, con una fina capa de hielo sobre la superficie… que, a medida que el planeta se calienta, se hace cada vez más fina, más pequeña, más frágil.
Al contrario que la Antártida, el Océano Glacial Ártico es uno de los lugares más húmedos del mundo, más aún que la selva amazónica. Por ello, aunque las temperaturas sean algo más altas que en el Polo Sur, aquí el frío húmedo se cuela hasta los huesos, se condensa dentro de las tiendas y entre las capas de ropa. La luz del sol es aún más indirecta al comienzo de la estación de expediciones. Luego, según avanza la temporada, llegan nieblas muy densas que se pegan al hielo.
La capa de hielo ártico, al encontrarse sobre el agua, se mueve continuamente por efecto de las mareas, sobre todo cuando cambia la luna. Continuamente esa capa, que generalmente tiene entre 2 metros y unos pocos centímetros de grosor, se quiebra en forma canales de agua. Otras veces las planchas de hielo chocan entre ellas formando crestas de presión que pueden llegar a tener 5 metros de altura, y grandes extensiones de bloques amontonados, como los restos de un edificio en ruinas, donde es casi imposible progresar. Estos fenómenos además pueden darse sin previo aviso. De la misma manera, el hielo flotante se mueve a capricho del viento y las corrientes.

A menudo, la placa de hielo sobre la que camina o esquía un expedicionario se mueve en dirección contraria a su objetivo, minimizando la progresión o incluso provocando que, tras parar a descansar unas horas, compruebe que mientras estuvo quieto, ha retrocedido incluso más allá del punto donde se encontraba al comienzo del día anterior. El océano ártico no tiene la belleza límpida ni la rica historia de la Antártida. Es un lugar brutal, lleno de peligro y sufrimiento. Pero es la clave para conocer de primera mano qué se siente más allá de los límites humanos. Ni siquiera está del todo claro quien fue el primer hombre que puso el pie en los 90ºN.
Se supone que los pioneros fueron Robert E. Peary junto a su asistente afro-americano Matthew Henson y cuatro esquimales – pero los logros de aquella expedición han despertado siempre ciertas dudas y suspicacias, sobre todo por parte de aquellos que piensan que Peary tardó demasiado poco tiempo en completar el recorrido. Aún menos partidarios tiene la versión de Frederic Cook, quien aseguró haber llegado al Polo un año antes que su contrincante. Claro que, siendo estrictos, el Polo norte geográfico está a 4 km bajo el nivel del mar, en el fondo oceánico – y también esa cota ha sido “conquistada”. El pasado mes de mayo dos subarinos rusos descendieron hasta el fondo y plantaron allí una bandera.
El Ártico: La tierra del sol de medianoche
Hay varias definiciones para delimitar el Ártico, aunque lo común es identificar esta zona con los territorios que se encuentran dentro del Circulo Polar Ártico: esa franja por encima de los 66º 33’ N donde, al menos una vez al año el sol no llega a ponerse. Esta zona de sol de medianoche incluye terrenos muy variados: desde zonas perfectamente habitables en Noruega y Laponia, o espacios mucho más inhóspitos en Groenlandia, las islas del norte de Canadá o el océano.
Otras maneras de establecer donde empieza al ártico es en función de la temperatura – asimilando entonces el Ártico a la llamada “Región de Julio”; esto es, esa zona donde el julio la temperatura media no llega a los 10 grados sobre cero. Otros definen el Ártico como la zona meridional del planeta donde dejan de crecer árboles. Finalmente, no olvidemos que la palabra ártico viene del griego y significa oso.
El nombre hace referencia a las constelaciones de la Osa Mayor y Menor, la segunda de las cuales incluye la Estrella Polar, que siempre señala el norte. Pero lo cierto es que también hay osos de verdad, que pueden adentrarse en la banquisa hasta el mismo Polo. Es otro factor a tener en cuenta.
Dificultades: El imperio de la ley… de Murphy
La última etapa del proyecto de Mijares y Moreno es, objetivamente, la más dura – y la más peligrosa. Desde que se calcen los esquís, deberán activar sus balizas de posicionamiento ARGOS. Importantes en la Antártida, en el caso del Ártico estos dispositivos son del todo esenciales. Emiten una señal por la que el expedicionario está localizado siempre, y áste debe transmitir un código cada día a la misma hora para confirmar que se encuentra bien, o avisar si tiene problemas. Los teléfonos via satélite tienen el mismo fin, pero hay que llevar ambos dispositivos porque, por ley de murphy, la tecnología tiende a fallar cuando es más necesaria.
Uno no puede perder el tiempo de camino al Polo Norte: es casi imposible calcular cuánto se va a tardar en llegar a la meta, pero en cualquier caso hay que terminar a tiempo para ser recogido al final del camino, teniendo en cuenta que los vuelos desde Canadá terminan a finales de mayo. Deben marchar haga sol, niebla o viento, en buenas o en malas condiciones, a pesar del agotamiento, los posibles problemas con el material, y la incertidumbre.
Cuando fallan las fuerzas y la salud, deberán avanzar gracias a la fuerza de voluntad. Los días más fríos se producen a mitad de marzo (entre -30 y -60, más la sensación térmica), cuando el sol empieza a asomar por el horizonte. Hacia mayo la temperatura aumenta, pero viene acompañada de niebla densa que elimina la visibilidad y empapa el hielo, por lo que las condiciones para el avance son peores y los tramos de agua más abundantes. En estas condiciones, todo se congela en segundos, y cualquier traza de humedad, incluido su propia transpiración, se solidifica dentro de la tienda, entre las capas de ropa, dentro de las botas, etc… Cuando se encuentren en marcha, al menos durante las primeras horas del día no pueden permitirse parar más de unos minutos, o sufrirán congelaciones. Eso, si hace buen tiempo…
Los temporales de ventisca son menos frecuentes que en la Antártida, pero sus consecuencias más serias, porque el viento rompe el hielo en miles de fragmentos sueltos, que forman canales por un lado, y crestas de presión o hielo caótico por otro. Además, el viento hace que el hielo se mueva como un barco de papel, a menudo (Murphy de nuevo) en dirección contraria a la deseada, y a una velocidad considerable. Otro elemento a tener en cuenta es la luna llena o, mejor dicho, la marea alta que esta produce y que provoca roturas súbitas del hielo, las cuales se producen sin previo aviso y en cualquier lugar – en el peor de los casos, bajo la tienda o los mismos esquís de los expedicionarios.
En un minuto, podrían encontrarse en un pequeño trozo de hielo flotante. O en el agua… Una caída al agua en el Ártico es un asunto muy grave – significa ahogamiento si el peso del material arrastra al accidentado al fondo, hipotermia severa en pocos segundos muchas dificultades para salir del agua, ya que el hielo alrededor de la brecha abierta será probablemente demasiado frágil para apoyarse en él e izarse. Incluso aunque el accidentado consiga salir, no soportará el frío con la ropa mojada. Hay que actuar deprisa, montar la tienda, encender el hornillo y quitar la ropa, ponerla a secar, y tratar de calentar a la persona que se ha rescatado antes de que sea tarde. Incluso aunque todo vaya bien, el ambiente extremo hace que prácticamente todos los participantes en expediciones al polo terminen sufriendo congelaciones en diverso grado, ceguera de las nieves, deshidratación, magulladuras, roces y una severa pérdida de masa muscular.
Por otra parte, los bancos de niebla reducirán la visibilidad a casi cero, forzando a la progresión mediante GPS o brújula. Pero al mismo tiempo hay que prestar atención al terreno que se pisa, para evitar zonas de hielo frágil, canales de agua, o crestas de presión que no se podrán ver hasta que se esté encima de ellas. En zonas de bloques de hielo, incluso con días claros, no es fácil seguir una línea recta. Hay que tomar referencias continuamente y tratar de escalar algún bloque para intentar ver el terreno más allá, y así escoger por dónde ir.

Es cierto que la distancia más corta es la línea recta, pero esta regla no se cumple cuando por delante se abre un canal de agua negra, o una pared de hielo surgida de la nada. Finalmente, la vida salvaje de la región es a menudo poco amistosa. No es nada personal; simplemente en la región escasea el alimento, y cualquier cosa que se mueva es una cena en potencia.
Las precauciones a tomar contra posibles ataques de osos son las mismas que en el norte de Groenlandia o en Svalbard. Si los expedicionarios pasan canales de agua nadando o paleando sobre las pulkas, deberán cruzar los dedos para que una orca que merodee por las inmediaciones no les confunda con una foca. Para resumir, el camino al Polo Norte es una continua apuesta contra las posibilidades de ahogarse, congelarse, ser devorado o partirse el cuello. Toda precaución es poca, pero también hará falta suerte.



