6. La Antártida–Polo Sur: La Última Frontera

La Antártida… su mero nombre evoca lejanía, soledad, condiciones extremas y riesgo. Pero también aventura y descubrimiento. Las montañas de hielo, los vientos huracanados, los cielos con varios soles y las pequeñas bases de aspecto espacial en mitad de la nada hacen del continente antártico lo más parecido a otro planeta que puede encontrarse en la Tierra. Y sin embargo, la llamada última frontera es en realidad el mismo corazón de Gondwana, la tierra primigenia de la que, a lo largo de las eras geológicas, se desgajaron los demás continentes. También es el lugar donde se forjaron héroes como Shackleton, Amundsen o Scott – los que resistieron, los que triunfaron, y los que se dejaron la vida en el intento.
El cielo antártico no se parece a ningún otro. Allí el campo magnético terrestre se curva, dando lugar a fenómenos espectaculares, como las auroras australes (el equivalente meridional a las luces del norte árticas), arcoiris circulares, halos o los llamados sundogs (la imagen del sol multiplicada), y atrae un enorme número de meteoritos. A veces las partículas de hielo en suspensión hacen refulgir el aire como si estuviera cuajado de diamantes.
Mientras que no hay vida en el interior del continente, sus costas hierven con una riquísima fauna marina. Las ballenas se alimentan de masas de plancton o, en el caso de las orcas, de focas, morsas y elefantes marinos. Peces y crustaceos antediluvianos nadan en las profundidades de sus aguas, adaptados al frío de maneras fascinantes. Los pingüinos emperador reinan en las playas, mientras que los skuas, rapaces costeras, se lanzan en picado contra peces, aves… o expedicionarios despistados.
Pero ante todo, la Antártida es hielo. Cantidades inconmensurables de hielo que desbordan el continente (una circunferencia de 4500 km de diámetro) formando plataformas kilométricas sobre el océano – los llamados ice-shelves. Hielo que se acumula entre 2000 y casi 5000 metros por encima de la base rocosa. Hielo que supone un 80% de las reservas de agua del planeta. Hielo, que no nieve. Pese a lo que pueda parecer, el continente Antártico es el más seco del mundo: hace tanto frío que la humedad no puede condensarse, por lo que sus 14 millones de km2 registran menos precipitaciones que el Sáhara – aunque el viento produce a menudo cortantes ventiscas de cristales de hielo.
También ostenta el récord de temperatura media más baja del planeta – en el mes más cálido, los termómetros se mantienen bien por debajo de cero, y en 1983 en la base rusa de Vostok se llegaron a registrar -89,2 °C. En pleno verano (enero), los días en la Antártida tienen luz casi las 24 h del día, mientras que en invierno permanecen en una prolongada penumbra. En el Polo Sur Geográfico, simplemente hay un solo día y una sola noche, de seis meses cada uno.
La Antartida no tiene “habitantes” humanos como tales, aunque en verano casi 10.000 personas ocupan las cerca de cien estaciones científicas de unos 20 países, repartidas por el continente. Las naciones con derecho a instalar bases han firmado el tratado Antártico, que se renueva cada año y que define ésta como una tierra de todos, destinada a la paz, el progreso y la ciencia, y cuyo frágil ecosistema hay que cuidar a toda costa. Por ello, tanto científicos como expedicionarios deben cumplir estrictas normas. Entre ellas, la prohibición de dejar ningún tipo de residuo. En definitiva, se trata de un gran cambio en la percepción del continente blanco, que primeramente interesó precisamente a cazadores de focas y ballenas.
James Cook completó la primera circunnavegación en 1772, pero sin divisar tierras más allá del paralelo 60º Sur. William Smith reclamó las primeras tierras, en las Shetland del Sur, en nombre del Reino Unido y del Rey Jorge. Luego siguieron Ross, Weddell, y otros británicos que exploraron la península Antártica y la costa de esa zona del continente. Pero pronto los británicos apuntaron a un objetivo más ambicioso: el Polo Sur.
Son los años de Scott y Shackleton, de la loca carrera por llegar primero al extremo sur de la Tierra, de la victoria del noruego Amundsen y de la trágica derrota de los británicos – miles de libros se han escrito sobre una serie de episodios épicos en la historia de la exploración. Con ellos en la cabeza, José Mijares e Hilo Moreno planean aquí la más larga de las travesías de su proyecto – y la más complicada logísticamente: 2.200 km. desde la costa atlántica hasta el Polo Sur sin asistencia externa, sin nadie a miles de kilómetros a la redonda, con una temperatura media de 30ºC bajo cero, y los vientos gélidos de la Antártida soplando a su espalda… o al menos eso esperan.
Aunque aún no se ha fijado la fecha concreta para poner en marcha la etapa antártica del proyecto, los expedicionarios apuntan a la temporada 2011/12, precisamente cuando se celebrará el centenario de la conquista del Polo Sur.
La meta definitiva: El Polo Sur
El Polo Sur Geográfico marca el extremo austral de la Tierra, la latitud 90°S, donde convergen todos los meridianos. Se encuentra aproxi-madamente en el medio de la Antártida, a 2.835 m. sobre el nivel del mar. Desde que Amundsen y sus hombres pu- sieran pie en el lugar por primera vez, el 14 de diciembre de 1911, en el Polo sur se han ido levantando algunas edificaciones, siendo la más notable la base científica americana Amundsen-Scott.
Como el hielo sobre el que se asienta se mueve, el Polo Sur exacto debe calcularse y relocalizarse mediante un cartel indicativo, cada año. Hay que tener en cuenta que la capa de hielo, en el Polo, tiene 2,7 km de grosor. A “mediodía”, es decir, en enero, las temperaturas en el Polo Sur pueden llegar a unos agradables -25ºC; mucho mejor que los -45ºC de media a la salida y puesta de sol, y los -60ºC habituales durante la noche antártica. Además, el sol nunca llega a elevarse sobre el horizonte más de 23 grados. Por otra parte, dada su ubicación en el Polo valdrían todos los husos horarios… y ninguno. De hecho, tratar de seguir un horario de 24 horas por día en la Antártida es una tarea más bien confusa. Por algún acuerdo tácito, el personal de la base Amundsen-Scott sigue el horario de Nueva Zelanda; podría haber sido cualquier otro.
Peligros y obstáculos
Los vientos katabáticos, provocados por la fuerza centrífuga del planeta al girar, son casi constantes y soplan a una media de 20 km/h, pero pueden llegar a superar los 300 km/h. Con algo así, la sensación térmica (resultante de combinar la temperatura y la acción del viento) puede llegar a los… -100ºC! En general, la sensación térmica en el Polo Sur es de unos 43ºC bajo cero.
También son frecuentes las tormentas de ventisca, y las jornadas sin visibilidad. A veces se forma un verdadero muro de nubes que viaja a gran velocidad pegado al hielo – se trata del equivalente helado de las tormentas de arena del desierto. Si los expedicionarios ven la nube en el horizonte, tendrán unos 20 minutos para montar la tienda o asegurar su equipo (y ellos mismos) antes de verse envueltos en una ventista de enorme violencia. Las ventiscas secas de la Antártida no incluyen precipitación de nieve, sino que levantan los cristales de hielo del suelo, formando remolinos tan cegadores que los expedicionarios no podrán ver ni las puntas de sus esquís, por no hablar de posibles grietas.
En caso de nubes bajas sin viento, también se anula la visibilidad. En condiciones de whiteout no se aprecia diferencia entre el suelo y el cielo, lo que afecta al equilibrio y la orientación. Así, resulta imposible seguir una línea recta ni tratar de calcular cuánto se ha avanzado.
Claro que calcular distancias es casi imposible incluso bajo cielos claros, ya que el terreno es tan regular que no hay elementos que sirvan de punto de referencia. Y cuando aparece alguno, como una montaña en la distancia, el expedicionario puede desesperarse al comprobar que tras días de marcha, la montaña no se ve más grande ni da la impresión de haber avanzado en absoluto. Esto es debido a que, en el aire claro, la vista alcanza a distinguir con todo detalle elementos geográficos que en realidad pueden estar a casi 100 km de distancia.
Por otra parte, las explosiones solares y su efecto sobre el magnetismo se dejan notar especialmente en esta zona. Una alta actividad en la superficie del Sol puede afectar al funcionamiento de los sistemas de telecomunicaciones que lleven los expedicionarios, sobre todo télefonos satelitales, sistemas de GPS y las balizas de posicionamiento que llevan conectadas durante toda la travesía.
Además, José e Hilo han a seguir una ruta muy poco transitada, por lo que no existen datos fiables sobre la ubicación de posibles zonas de grietas. Deberán vigilar su paso.



