5. El Paso del Noroeste: La Ruta más Buscada

Ningún otro motivo ha impulsado tanto la historia de la exploración marítima como la búsqueda de nuevas rutas que facilitasen el comercio entre Europa y Asia. En su empeño, Cristóbal Colón descubrió un nuevo mundo, que hizo de la corona española el mayor imperio de la era contemporánea. Durante casi dos siglos, los comerciantes de otras naciones europeas veían cómo los pasos hacia Asia, por el sur de África y de América, estaban bloqueados por barcos españoles y portugueses – estaba claro que aquello no podía quedar así.
Con el paso de los años las tornas políticas fueron cambiando; el imperio español comenzó su declive, mientras otros tomaban el testigo o, según se mire, se repartían los restos. Lo que no cambió fue el hecho geográfico de que el continente americano tenía continuidad de norte a sur, y que las rutas mercantes hacia Oriente suponían una inversión de alto riesgo: entre meses a bordo, piratas, temporales, bajíos, acantilados, e incidentes de navegación y orientación, por no hablar de que era necesario cruzar el Cabo de Buena esperanza o el de Hornos – había bastantes posibilidades de que los barcos no llegasen a buen puerto. A ningún puerto, de hecho.
En busca del Estrecho fantasma
Había que encontrar otro paso entre el Atlántico y el Pacífico. Y, por eliminación, los marinos miraron al norte. Ya durante el XVI algunos marinos partieron de Europa rumbo fijo al NO, basándose en los escritos de Abraham Ortelius que indicaban la existencia de un paso septentrional entre ambos océanos a través de lo que él llamaba el Estrecho de Anián. Pero en vez de atajos hacia China, los primeros exploradores encontraron frío devastador, viento en contra y aguas oscuras llenas de icebergs, que fueron echando atrás – a los que vivieron para contarlo. Uno de ellos fue el holandés Willem Barents que, en su búsqueda, realizó exploraciones y quedó para la historia como el descubridor oficial de las islas Svalbard.
El siguiente hito fue marcado por el inglés Henry Hudson, quien en a lo largo de varios viajes se lanzó a la búsqueda del legendario paso patrocinado por empresas comerciales inglesas y holandesas. En su afán descubrió una entrada al continente por un enorme río que remontó a lo largo de 240 km, y al que puso su nombre. En la desembocadura se levantaría una villorrio primero conocido como Nueva Ámsterdam, y que más tarde cambiaría su nombre por el de - Nueva York.
La osadía del marino despertó el interés de un grupo de comerciantes ingleses conocido como “The Adventurers,” que le contrataron para encontrar, de una vez, la ruta a Oriente. Así cruzó un estrecho al que también bautizó con su nombre entre el extremo meridional del continente y las islas de lo que hoy es Canadá. No llegó a encontrar el paso, pero sí exploró una enorme bahía (bautizada, cómo no, de Hudson) y continuó hasta que su barco quedó atrapado por el hielo, convirtiendo a la tripulación en los primeros extranjeros que soportaron un invierno ártico. Sus informes sobre las mareas darían pistas a viajeros futuros sobre la posible ubicación de la ruta.
Pero por desgracia para Hudson, nunca tuvo oportunidad de entregar los documentos en mano. Su tripulación se amotinó y decidió abandonarle a su suerte, junto a su hijo y un grupo de leales, en una barca. Nunca más se supo de ellos. El resto de la tripulación consiguió regresar a Inglaterra, aunque diezmada por el frío y el escorbuto. Los supervivientes nunca fueron juzgados, ni nadie se planteó regresar al norte en busca de Hudson y los suyos. Había quedado claro, de momento, que encontrar el Paso del Noroeste tal vez fuera posible, pero desde luego no era rentable, así que gobiernos y comerciantes perdieron interés.
Los sueños de los exploradores dejaron paso a los cálculos de los ingenieros, que empezaban a elucubrar con teorías sobre la posibilidad de dividir continentes por la fuerza. Con el tiempo, acabarían haciéndose realidad en los canales de Suez (inaugurado en 1869) y de Panamá (abierto en 1914).
Tragedia y triunfo: De Franklin a Amundsen
No obstante, los británicos retomaron el proyecto durante la época victoriana. Por el imperio y por la reina, varias expediciones regresaron al ártico dispuestos a encontrar la gloria – o una muerte heroica. Sir John Franklin partió en 1845 con dos barcos; ambos navíos quedaron atrapados e el hielo y ninguno de los 138 miembros de la expedición sobrevivió. De nada sirvieron las 20.000 libras que ofreció el almirantazgo para encontrar a Sir John.
O sí: aunque los restos de los compatriotas caídos no fueron encontrados, los que partieron en su busca exploraron ampliamente la región y uno de ellos, Edward A. Inglefield, abriría la ruta al Polo Norte. Sin embargo, el relato de la expedición de Franklin (cuyo triste final se supo finalmente por unos documentos encontrados en Punta Victoria) inspiró, en vez de asustar, a un marino noruego: Roald Amundsen. Con un pequeño velero, el “Gjoa”, emprendió un viaje de tres años desde el Atlántico norte a través del norte de Canadá, y terminó, en 1906, en la costa de Alaska, en el pacífico. Había conseguido encontrar el legendario paso, y también cartografíar la zona, bautizar islas, estrechos y bahías, y aprender de los esquimales con los que convivió.
La epopeya ártica de Amundsen es suficientemente impresionante como para asegurarle un lugar de primera fila en la historia de la exploración. Sin embargo, la fama de su gesta quedaría casi olvidada a la sombra de su siguiente expedición, que tuvo lugar cinco años más tarde en el otro extremo del planeta. Fue la que llevó a Amundsen y su grupo a convertirse en los primeros seres humanos que pisaban el Polo Sur.
El futuro del Paso
Otra posible razón para “olvidar” el viaje de Amundsen por los mares del norte es que, aún hoy día, el Paso del Noroeste sigue siendo inviable a efectos prácticos como ruta marítima. Hay demasiado hielo; los estrechos entre islas permanecen conge-lados la mayor parte del año… de momento. Al final, no será la osadía del noruego y sus antecesores lo que haga del Paso del Noroeste una ruta alternativa a la de los canales de Panamá y Suez - si no el calentamiento global. Los expertos calculan que el Paso podría empezar a ser navegable hacia 2.020. Para entonces, a buen seguro que este laberinto de tierra, mar y hielo ocupará titulares de periódicos con mucha más frecuencia. Y no será en homenaje a los pioneros, ni alabando el paisaje - si no, una vez más, hablando de dinero y poder.
Canadá y Rusia ya están discutiendo a quién pertenecen esas aguas, ésas de las que nadie se ocupaba mientras estaban cubiertas de hielo, y que pronto pueden reducir la ruta entre Londres y Osaka en más de 6.000 km. También será interesante ver cómo, cuándo y quién explota los yacimientos de petróleo, gas, plomo y diamantes que se encuentran en la región.
En cualquier caso, Hilo Moreno y José Mijares esperan seguir la estela de Amundsen antes de que esto ocurra. Sobre todo porque los españoles esperan cruzar el paso del Noroeste a pie, esquiando sobre la banquisa, y no en barco.
Dimensión humana del viaje
Tras el paisaje casi invariable de la planicie interior groenlandesa, recorrida en etapas anteriores del proyecto, el norte de Canadá ofrece un entorno increíble de naturaleza salvaje y variada. José e Hilo atravesarán territorios de gran belleza, y que prácticamente no han cambiado desde los años de las exploraciones pioneras… O sí? Esa es la cuestión.
En esta ocasión, los expedicionarios esperan dar una nueva dimensión al viaje, de manera que puedan aprovechar no sólo el reto deportivo, sino también la riqueza ecológica y antropológica de la región. José e Hilo no quieren dejar de visitar las poblaciones inuit que encontrarán de camino. Aunque ya no son nómadas que construyen iglús, sino que viven en casas de madera, y que junto a sus perros de trineo suelen aparcar motos de nieve, aún conservan su idioma, tradiciones, conocimiento del medio y puntos de vista. Hablando con los esquimales, compartiendo su casa, su comida y sus historias, esperan aprender de primera mano cómo ha evolucionado la vida de estas gentes a lo largo del último siglo, cómo llevan su existencia diaria en un entorno difícil y, sobre todo, cómo prevén su futuro – que sin duda cambiará radicalmente si el Paso del Noroeste se convierte finamente en una ruta navegable.
El contacto entre los pueblos esquimales y los primeros exploradores no fue fructífero ni positivo para los primeros: a menudo los nativos fueron atacados, o incluso raptados y llevados a Europa como monos de feria, para que muriesen al poco tiempo de simples resfriados contra los que no tenían defensa. Pocos fueron los extranjeros que se ocuparon de aprender de sus costumbres, su adaptación a las regiones polares, y su conocimiento del Artico. Ahora, será interesante comprobar hasta qué punto han cambiado las cosas, y hacia dónde llevan esos cambios.



