4. Ellesmere: Ecos de la Historia
La isla de Ellesmere, la más meridional del continente americano, es una pieza fundamental en el tablero donde se jugaron las partidas más importantes de la historia de la exploración ártica. Para los pioneros que abrieron las rutas al Polo norte, Ellesmere fue punto de partida, campo base, laboratorio de pruebas y, en algunos casos, su tumba. Hoy en día, la costa norte de la isla marca el comienzo de la ruta canadiense al Polo – precisamente, la elegida por José e Hilo para esa última etapa de su proyecto. Antes, no obstante, los expedicionarios quieren seguir las huellas dejadas hace 150 años por aquellos grandes marinos y exploradores.
El salvaje Ártico
La tercera isla más grande de Canadá, y una de las más montañosas, Ellesmere representa como pocos lugares el paraíso y el infierno del Ártico: Sus paisajes y su riqueza en vida salvaje hacen de ella un marco ideal para rodar documentales espectaculares; pero el frío intenso, su orografía accidentada, y la historia de los que se dejaron la vida entre sus cordilleras y glaciares la convierten en todo un desafío.
En palabras del aventurero Jerry Kovalenko, uno de los mejores conocedores de la isla en la actualidad, no hay una sola Ellesmere, sino muchas. “Atravesar su costa Oeste es fácil: los vientos costeros barren y endurecen la superficie del hielo, lo que permite una rápida progresión con esquís y pulkas,” afirma Kovalenko. “Más complicado resulta remontar la costa Este donde, para evitar perderse entre las grietas de las lenguas glaciares, es necesario salir a la banquisa (hielo marino) más allá de la línea de tierra, pero allí las condiciones del terreno cambian súbitamente y son frecuentes las zonas de hielo roto y agua.

La costa Norte, cubierta por los mayores glaciares de la isla, en los que frecuentemente se forman cuevas de hielo, es austera y fría. Las montañas arrojan zonas de sombra perpetua y la humedad del ambiente, sobre todo en primavera, se pega a la ropa en forma de escarcha. La costa Sur tiene parte de las otras tres, y también aloja un pequeño asentamiento humano: la aldea de Grise Fiord, uno de los enclaves más bellos que jamás alojaron una ciudad del Ártico.”
Hazañas y tragedias
Ellesmere fue bautizada por Sir Edward Inglefield, que la avistó desde la cubierta de su barco, el Isabella, en 1852. Desde entonces, fue el escenario de varias expediciones científicas y exploratorias. De entre ellas, ninguna tan llamativa como la “Lady Franklin Bay Expedition,” comandada por Adolphus Greely. Y es que este proyecto estadounidense, que pretendía realizar estudios astronómicos y meteorológicos coincidiendo con la celebración del primer año polar internacional, acabó en uno de los mayores desastres de la historia de la exploración ártica.
Veterano de la guerra de secesión y sin experiencia en regiones árticas, Greely partió de Groenlandia en 1881, a bordo del navío Proteus. Tras recorrer la costa Noroeste de Groenlandia, la expedición navegó hasta Ellesmere y atravesaron la isla de Este a Oeste con trineos de perros. Sin embargo el barco quedó inutilizado, y sus ocupantes atrapados.
A esto se sumaron serios problemas de disciplina entre la tripulación y la desesperación de saberse prisioneros del hielo, el frío y el hambre, mientras ignoraban si se enviarían o no expediciones de rescate, y en ese caso si podrían encontrarles. Lo cierto es que sí se organizaron partidas de búsqueda, gracias sobre todo a la insistencia de la esposa de Greely, Henrietta.
Tras dos intentos fallidos, finalmente dos barcos consiguieron llegar a la isla y encontrar al grupo. Pero para entonces habían pasado tres años. 19 de los 25 miembros de la expedición habían muerto de hambre y frío – excepto uno, un guía esquimal que fue ejecutado por orden del comandante. Otro más pereció durante el viaje de vuelta. Los supervivientes fueron en principio recibidos como héroes, pero su historia pronto se oscureció con rumores de que habían practicado canibalismo durante los periodos de escasez.
Posteriormente, otras expediciones recorrieron la isla y las plataformas de hielo marino a su alrededor. Entre ellas, partidas lideradas por Robert Peary y Frederic Cook, quienes toda su vida se disputaron el haber sido el primero en llegar al Polo norte. Peary realizó una serie de viajes de reconocimiento usando Ellesmere y sus alrededores como punto de depósito de víveres. Cook pasó el invierno en la isla de Devon (en la costa de Ellesmere), de vuelta, supuestamente, del Polo Norte.
Tras los pasos de Cook
Las reivindicaciones de Cook, que aseguraba haber llegado al Polo Norte un año antes que Peary, nunca han sido confirmadas. A los estudiosos del tema nunca les convencieron los datos, incompletos y en ocasiones improbables, ofrecidos por el explorador. En todo caso, su viaje al norte fue una interesante travesía. Cook y su equipo partieron hacia el Polo desde Annoatok (78º 33´N y 72º 30´W) en Groenlandia. Tras, según aseguró, llegar al Polo Norte, regresó hacia tierras canadienses.
A pesar de algunas incongruencias en el itinerario descrito, sí se sabe que pasó por la isla de Amund Ringne (al sur de la isla de Axel Heiberg), y luego se refugió en la isla de Devon (junto a Ellesmere) durante cinco meses para pasar el invierno. Después, regresaron a Groenlandia, pasando por Annoatok y Etah, y de ahí a Upernavik, en el sur de la isla.
Precisamente, Mijares y Moreno se plantean seguir este tramo del viaje de Cook. Los expedicionarios comenzarán la travesía junto a las ruinas del refugio subterráneo que Cook y los suyos construyeron para pasar el invierno en Devon island. Desde allí bordearán la costa Este de Ellesmere por glaciar y banquisa, hasta Pim island – otro famoso refugio invernal de los primeros exploradores de la región, incluyendo a los antes citados Greely y Peary, y al noruego Otto Sverdrup, uno de las figuras más importantes de la exploración noruega, compañero de Nansen, y que exploró Ellesmere a lo largo de cuatro expediciones, todas ellas con inviernos incluídos.
Adoptando los métodos de los esquimales para sobrevivir en aquellas tierras, Sverdrup y su tripulación logaron cartografiar un total de 260.000 kilómetros cuadrados, más que ninguna otra expedición polar. Gracias a ellos hay tantos puntos en el ártico canadiense con nombres noruegos.



