3. Groenlandia: Viajar en Sueños
Con 2.166.086 km2, Groenlandia es la isla más grande del mundo (si exceptuamos la isla-continente de Australia). Sin embargo, excepto algunos tramos de costa y la franja norte, donde el clima es tan seco que no puede producirse nieve que cubra la roca desnuda, el resto de la isla (un 84% de la superficie) está ocupada por la inmensa capa de hielo: el Inlandis. Solo algunos Nunataks, las cimas de los picos que aciertan a sobrepasar el nivel del hielo, rompen la blancura del entorno.
No vive nadie en el interior de Groenlandia. Solo los cazadores inuit se han aventurado en la planicie helada a través de los siglos, y así han aprendido a medir las distancias en sinik: en sueños. La denominación se refiere al número de noches que uno pasa durante un viaje, pero en Groenlandia las noches pueden ser casi inexistentes, o muy largas, según la época del año – y con ello las jornadas y la distancia recorrida. Así, es inútil tratar de calcular la duración o longitud de un trayecto basándose en los siniks invertidos por otro cazador. En el Inlandis, cada uno debe perseguir sus propios sueños.
¿Quién dijo verde?
La sensación de irrealidad que envuelve Groenlandia empieza por la ironía de su nombre – que paradójicamente significa “tierra verde”. El responsable fue el vikingo Erik Thorvaldsson, más conocido como Erik el Rojo. Hacia el 982, Erik llegó a las costas de la inmensa isla tras ser desterrado de Islandia. El marino esperaba que, con ese nombre esperanzador, atraería colonos a su nuevo hogar. Sin embargo, los que fueron sugestionados por esa temprana operación de marketing salieron del engaño nada más acercarse a la costa.

La supuesta Grønland, incluso en aquellos años en que el clima de la región era más cálido que en la actualidad (el enfriamiento llegó a final de la Edad Media), solo tenía roca, hielo, meses de oscuridad y un frío intenso que ofrecer. Incluso hoy en día, la población total de la isla no llega a las 60.000 almas (casi todos mezcla de inuits y europeos) y eso que la superficie libre de hielo es más grande que Paraguay. No es de extrañar: durante la larga noche invernal de esta tierra es frecuente alcanzar los 50 grados bajo cero, y la agricultura no es rentable en esa tierra semi-congelada donde no crecen árboles.
Además, las costas occidentales de Groenlandia están surcadas por una corriente fría, la Corriente del Labrador, que explica la presencia de icebergs a unas latitudes mucho menores que en otras partes del Hemisferio Norte; los enormes pedazos de hielo que rodean la isla todo el año dificultan la navegación – de hecho, uno de ellos hundió el Titanic. Por lo demás, la capa de hielo del Inlandis es tan gruesa, y su peso tan descomunal, que ha hundido la tierra del fondo hasta por debajo del nivel del mar. De hecho, esa ingente masa glaciar hace de Groenlandia la segunda reserva de agua más importante del planeta después de la Antártida.
A principios de los noventa, científicos estadounidenses y europeos tomaron muestras de hielo de 3.200 metros, y su estudio fue decisivo para probar que el clima ha sufrido varios cambios súbitos en los últimos 100.000 años, con consecuencias a nivel mundial. En estos años de preocupación por el calentamiento global, Groenlandia es un testigo de excepción y un laboratorio vivo donde encontrar claves sobre qué podemos esperar, y qué debemos temer.
La prueba de primavera
Por otra parte, la expedición dará comienzo en abril. En ese mes, el invierno aún pega sus últimos coletazos y la noche perpetua da paso a una luz difusa. Los expedicionarios han elegido esa fecha, dos meses antes de la temporada habitual para las travesías en la zona, por motivos de disponibilidad (ambos siguen trabajando como guías entre viaje y viaje), pero sobre todo para ir entrenando sus organismos y acostumbrándose a los rigores que encontrarán en la siguiente etapa del proyecto: La Antártida.



